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Aqui te dejo un anticipo de esta novela,leelo y comentame
CAZADOR
Hace calor, es casi fin de año. Me encuentro caminando por el centro de este pueblo con aspiraciones repentinas de ciudad; en transición, sin identidad. Sólo camino por inercia, automáticamente, mi cuerpo se traslada... En algún punto, profundamente, mi instinto predador está despierto, a la búsqueda, libre, olfateando con todos los sentidos; mirando sin ver; atento a la señal, al brillo repentino, breve, fugaz, que puede dar comienzo a un nuevo camino sin límites ni dirección, pero que siempre conduce a alguna parte, aunque sea a la nada...
Me detengo por un momento ante la vidriera de una casa de venta de computadoras. Sin proponérmelo, fijo mi vista en un equipo como tantos otros que allí están. ¿Que me atrae...? De momento no lo sé. Mi mundo esta insólitamente alejado de la computación, virginalmente ignorante de todo lo que esa palabra abarca. Sólo miro, pero algo fija mi sentido, brilla y se apaga de inmediato.
Continúo mi marcha, naturalmente, me dejo llevar por mi alguien y entro en el local; me dirijo rectamente al equipo visto, lo examino, aún no sé que es lo que me retiene allí. Se acerca una vendedora amable, dispuesta a ganar una venta, me comienza a enumerar las bondades del equipo y, de repente, menciona la palabra adecuada, certera, que dispara mi instinto, aún sin entenderla. Siento, en medio de un aburrido parlamento, el chasquido del látigo que despertó mi sentido: “INTERNET”.
Aún sin saber su significado, siento el olor de la presa; focalizo ese término en mi conciencia. Todo lo demás desaparece, la vendedora, el local, los equipos. Todo se desvanece y veo, siento, palpo esa promesa indescifrable aún, que me atrae una vez más al comienzo de un camino que no veo pero siento; que no imagino pero atrae mi decisión. Miro a mi interlocutora y me siento decir:
-Sé lo que quiero, no sigas, sólo voy a llevarme Internet; dame la llave de Internet, sólo mostrame la puerta, yo haré el resto.
Minutos después, salgo del local recordando la mirada interrogante de esta pobre personita, que se queda molesta ante mi indiferencia por probar sus profundos conocimientos sobre este tema. No sabe que, como siempre, mi autosuficiencia me permite o me obliga a mostrar una serenidad que se interpreta como un estar de vuelta, como un conocer todo, tener el control.
Busco mi auto y, con una contenida urgencia, cargo todos los elementos que conforman mi puerta de entrada a ese camino que elegí, aún sin quererlo, pero sabiendo, seguramente, que detrás de esta decisión hay algo que quiero, busco y estoy dispuesto a encontrar...
Finalmente, llego a mi casa, descargo todos los componentes y, simplemente, los dejo a buen recaudo. La presa está capturada, desapareció la urgencia de la cacería; dejó de ser prioritario, ya llegará el momento, el llamado, ya llegará...
Algunos días después, llega el instante ansiado, casi en forma natural. Pero al comenzar a armar los componentes, va creciendo, tomando forma, enervándose un estado de alerta que me es familiar, que saboreo. Empieza algo, simplemente algo que sé, será apasionante, aún sin saber qué será...
Por fin, enciendo los equipos; mi natural facilidad de razonamiento me permite un comienzo exitoso en esta intrincada operación. Sólo hago funcionar todo, pero aún no abro
mi puerta al mundo. Como el cazador milenario, preparo mis armas, afilo mis instrumentos, sin una presa determinada. Algo hay allí, aún no sé qué, pero lo encontraré...
Paso horas en varias sesiones, familiarizándome con los poderes que manejo. Mis dedos ordenan pensamientos que mis ojos leen en la pantalla y un guión titilante, me incita a continuar; es como un latido vital que me invita, me presiona, me incita a más, más pensamientos, más palabras, más ideas...
De a poco, naturalmente, todo va quedando en su lugar. Cual director de orquesta, ejerzo el control de este ingenio electrónico, desde este teclado y con este cursor, el dedo de Dios, que toca y crea a voluntad; que destruye fácilmente y vuelve a recrear, en una rueda infinita que sólo yo interrumpo o modifico a voluntad.
Durante este tiempo, siento que mi máquina tiene, de algún modo, vida propia. Me corrige, me induce, me obliga a seguir determinados caminos, me señala errores, me sugiere caminos alternativos y, algunas veces, me castiga silenciándose cuando me empecino en seguir contra su voluntad. En algún punto de este proceso, se produce, espontáneamente, un acuerdo tácito entre los dos: yo ordeno según mi voluntad y ella me lleva a donde quiero, a su ritmo. La dejo hacer y miro su obediencia silenciosa, eficiente, impecable...
Fueron muchas horas de diálogo, casi autista entre mi máquina y yo. Recorrí sus entrañas, averigüé sus secretos, comprobé su fidelidad y sumisión a mis órdenes. Me aseguré de su lealtad, sin confiar, no está en mí hacerlo, nunca… No me tortura la desconfianza, simplemente no me entrego, me mantengo alejado, afectivamente independiente, distante de otras dependencias que no sean las mías, las propias.
Finalmente, llegó el momento... Con cierta inquietud, entreabrí la puerta de ese desconocido mundo y, una vez más, mi impuesto control me llevó a adentrarme, alerta, vigilante, pero seguro de poder con él; dispuesto a buscar y llevarme mi presa, sin sufrir daño alguno en el intento.
Debo confesar hoy, que mis primeros pasos fueron torpes, vacilantes, erráticos, poco gratificantes. Me encontraba en lugares con enorme cantidad de información que no despertaba mi interés. No estaba ahí, no sentía cerca la vibración de la víctima asustada buscando el escape, la evitación de lo inevitable. Debía agudizar mis sentidos, aprender rápidamente a captar otras señales de este extraño universo. Pero ya llegaría, sólo sentía que debía transitar este camino mirando, observando, escuchando, oliendo cada rincón.
Durante un tiempo, que hoy se me antoja breve, recorrí diferentes páginas, escaparates más o menos iguales en su desesperado intento de ser distintos; atractivos, tentadores, titilando, cambiando colores, con mensajes engañosos. La calle de las prostitutas, en apariencia todas distintas, en el fondo todas iguales, noticias, ofertas, pronósticos, ofertas, casinos, ofertas, una interminable cantidad de propuestas de apropiación de dinero, adornadas por informaciones vertiginosas, inútiles, cambiantes…, la apabullante sensación de estar asistiendo al vivir del mundo online, sufriente, caótico, inhóspito, agresivo, con máscaras de música, promesas de placeres y tentaciones de concursos con atractivos premios.
Sucedió un día, impensado, repentino; otra vez la luz breve, intensa, electrizante. La palabra “CHAT” me atrajo, sin saber su significado. Como siempre, el comienzo del camino ignorado… Pero la orden era perentoria e irresistible. El dedo de Dios señaló el destino y ordenó. Entré en una lista, un menú gastronómico de diferentes sabores, razas, zonas geográficas, orientaciones sexuales, estados civiles, apetencias extrañas, manías reconocidas, gustos de dudoso buen gusto, todo a la mano… Elegí, al azar, algo argentino; señalé, ordené y mi socia me comunicó que debía llenar una casilla de “Nick”. Esto era inesperado; de verdad no sabía de qué se trataba. Coloqué un número cualquiera y fui rechazado; en mi segundo intento, utilicé letras sin sentido, aleatoriamente colocadas y, al ordenar, caí bruscamente en un ámbito de letras y frases que pasaban ante mis ojos, inconexas...Instintivamente me quedé quieto; sentí que me escondía entre los arbustos a observar; el cazador milenario se agazapaba a la espera de su presa, en este desconocido ambiente. En breve tiempo, entendí todo. Mi inteligencia ordenó los diálogos y los fui asociando a los diferentes nombres que veía aparecer, extraños, simbólicos, delatadores de tendencias, de apetencias, de objetivos, de intenciones... Fui aislando los diálogos; extrañas conversaciones entre dos, en medio de muchas conversaciones entre dos; solitarios que reclamaban atención, y prolongadas despedidas de gentes que decían adiós y se quedaban, esperando respuestas o invitaciones a quedarse. ¡Acá era...! ¡Éste era el lugar buscado!.. Acá está la caza; sentía el olor de las presas, podía percibirlas ocultas detrás de sus disfraces, sabía cuáles serían sus reacciones, y las frases que aparecían me lo confirmaban.
Durante largo tiempo, en sesiones interrumpidas por mis tareas diarias; permanecí callado, observando, analizando... Recorrí otras salas, otros CHATS; fueron agotadoras jornadas en donde aprendí las ventajas del silencio, de soportar el asedio de los que no aceptan la observación: primero invitan a charlar y, finalmente, agreden ante la falta de respuesta. Me sorprendí frente a las histéricas reacciones en masa contra alguien que, sin saberlo o intencionalmente, trasgredía alguna de las reglas no escritas de esta extraña comunidad. Aprendí a individualizar a los habitúes, a los líderes, los tímidos, los tristes, desesperados, humorísticos, sardónicos, agresivos..., en fin, la más completa gama de miserias y virtudes humanas desfiló ante mí en esos días, en un fascinante carrusel de frases que, con diferentes matices, decían lo mismo. En la desesperada búsqueda de la originalidad, eran vulgares o ridículas, o simplemente anodinas.
La práctica arrojó sus frutos. La observación trajo el aprendizaje de las reglas, misteriosas, rígidas, ineludibles; que aparentaban ordenar este caótico mundo de las salas de CHAT.
En un momento dado, escribí mi nombre, mi verdadero nombre, y el dedo de Dios me depositó en medio de la sala elegida. En un principio, nadie pareció reparar en mi presencia pero, de repente, empezaron a correr ante mis ojos saludos de diferente tono, mencionando mi nombre. Me sentí presente, corpóreo, ocupando un lugar. Una vez finalizados los saludos, se produjo un breve silencio; algo se esperaba de mí, no sabía qué...Estaba donde quería estar, sin saber qué hacer. Esto fue prontamente percibido por mis vecinos de sala. Leí una frase:
< RAMBO > Sos nuevo aquí, ¿no?
Respondí simplemente:
< Sí
Inmediatamente, llovieron sobre mi nombre preguntas sobre mi edad, mi lugar de residencia, mi estado civil, mi aspecto físico; preguntas que fui respondiendo como pude, dando los verdaderos datos que me solicitaban.
De repente, todo terminó, nadie más escribió mi nombre y todos volvieron a sus conversaciones o a sus silencios. Me sentí abandonado, revisado, examinado y descartado; evidentemente, nada de lo que había dicho interesaba.
Un tal CONDE reclamaba la atención de todos pidiendo alguien con quien charlar. Era conmovedor su plañidero reclamo de atención; nadie le contestaba. Después de un tiempo desapareció bruscamente sin haber obtenido respuesta. Me sentí halagado, yo nada había pedido y, sin embargo, había conseguido la atención de todos; sin proponérmelo, por breve tiempo, pero se habían fijado en mí. Aún muy inseguro en este extraño terreno, escribí:
<Debo comunicar algo importante.
Realmente, no tenía idea de qué quería decir, simplemente lo escribí. Todo se paralizó; pude ver caras sin rostros que giraban sus invisibles cuellos y me miraban, esperando mi revelación, aquello que justificara la interrupción. Nadie escribía nada, se había detenido el concierto desordenado de frases.
< HERIBERTO > ¿Qué deseás decirnos Mario?
Estaba paralizado, no atinaba a escribir nada...
< MALENA > Parece que no tiene nada que decir.
Una extraña mezcla de arrepentimiento, furia y vergüenza se adueñaba de mí. Veía cómo se agregaba la manada al concierto de burla e ironías sobre mi silencio. Luego de varios comentarios hirientes sobre mi actitud, volví a caer en el olvido. Recomenzó el ritmo mecánico del diálogo entre los demás y así quedé olvidado, raleado al silencio, en un rincón de la sala, sin ningún interlocutor.
Bruscamente, me retiré de ese lugar y me quedé reflexionando frente a la pantalla vacía. Necesitaba saber cuál había sido mi error; por qué no podía mantener la atención de los demás. Tenía que conseguir que hablaran conmigo a fin de saber quién era el elegido, el anónimo destinatario de mis desvelos, aquel con quien jugar mi juego tal cual lo imaginaba, con mis reglas, mis ritmos, mis órdenes... Intuía que algo estaba mal enfocado, pero no sabía qué.
Mientras divagaba en mis estrategias, apareció en mi mente la palabra “MANDRÁGORA”; inconexa, sin relación con nada del presente ni del pasado cognoscible. Automáticamente, volví a la misma sala; sólo que esta vez, mi nombre era MANDRAGORA.
La experiencia fue sorprendente. Al entrar, todo se detuvo, leían mi nombre, tan indefinido, asexuado, misterioso en su finalidad, inescrutable en sus intenciones; un verdadero enigma. “ENIGMA”, ésa era otra palabra que me atraía. La registré en mi mente y decidí guardarla.
MANDRAGORA se instaló en el centro de la sala. Soporté innumerables preguntas que trataban de definirme, darme identidad, hacerme previsible. Comencé a responder con palabras cortas, certeras pero vacías en sí mismas de datos que pudieran desentrañar algo de MANDRAGORA.
El interés de los demás, lejos de decaer, aumentaba a cada instante. No había burlas ni ironías. Comencé a pisar fuerte, a interrogar a mis inquisidores, a refutar intentos de adivinar algo de mí. Estaba exultante, sentía mi control sobre la situación, leía los ofrecimientos para que apuntara direcciones de mail, números telefónicos con pedidos para llamar o enviar algún mensaje a alguien. Se estaba produciendo una verdadera disputa para atraer mi atención, para apartarme de los demás, poseerme, capturarme, alejarme de la jauría.
Indistintamente, eran, o yo suponía que eran, hombres y mujeres, los interesados en mí. Esto acicateaba mis sentidos en procura de mantener toda mi identidad indefinida, realimentando los interrogantes; y esa excitante atención se concentraba en mi flamante identidad.
Luego de largos minutos de mantenerme así, me desconecté bruscamente, me alejé de todo en rápida fuga. Permanecí largo tiempo recuperándome de esta extraña sensación de poder que me invadía.
Finalmente, ¡había encontrado la manera! Tenía la estrategia, sabía el secreto, había descubierto el camino, la ruta de mis cacerías. Estaba tras la presa aún desconocida...
Recuerdo especialmente esa noche, el desvelo me obligó a evocar puntualmente cada línea, cada una de las preguntas; primero perentorias, luego ruegos; y yo allí, inviolable, distante, indiferente, por momentos despectivo, irónico, amable, ríspido, inescrutable...
Fue el comienzo de todo; por primera vez, sentí mío el Dedo de Dios…
"LA HOJA DE DAMASCO"como titulo,que te sugiere?
